Hoy cumplo 26 años y coincide con fin de año, por esto mi cumpleaños no escapa a un análisis y balance.
Año con muchas matices, tonos negros y fríos, colores azules claros y amarillos. Y un poco de Rojo.
Año en el que aprendí a admirar personas que ignoran mi admiración por ellos y me tienen por par. No señores, el privilegio es mío.
Tuve mis luchas, muchas. Batallas bastante duras para mí. Pelié contra mí. Pelié contra el perdón. Pelié contra Dios. Pelié contra mis creencias. Pelié contra mi corazón. Pelié contra los que amo. Herí a los que amo. Renegué del sistema. Renegué de la gente. Me conocí y no me gusté mucho. Me arrepentí. Pedí perdón. Fui sanado. Cambié.
El amor me ganó siempre.
Reparé algunas cientos de computadoras. Y solucioné otros tantos problemas.
Me indigné y encontré una Argentina contrastada que mira hacia unos edificios y sus bolsillos y no mira a sus pares. Tan bella y tan caída.
Fui famoso y le hable de miles de personas. Mi cara se dibujo en miles de papeles y gente dijo que me quería. Fui speaker y di una conferencia.
Conocí un maestro pequeño que me regaló un tiempo de vida extra y viajé con gente tranquila que me alteraba por su paz y lenguaje pausado.
Fui DJ y me salieron mal las transiciones entre los temas. Me revindique con un par de hitasos.
Canté, actué e hice de payaso.
Leí Asimov. Leí Orson Scott Card. Leí Tolstoi. Leí sobre un carpintero que no hablaba de muebles. Le creo.
Capturé insectos, animales, aves y algunos rostros. Mis pupilas dilatadas me dijeron que la belleza de este mundo no se puede ocultar.
La web me cambió y me sumó un uno.

Viví y caí. Reí.
Y todo se lo debo a mi Rey, Jesucristo, que me permitió nacer y vivir un año más.